Fotografías de viaje y texto. Javier Pérez-Alcalde

Esta anciana que mira mis ojos con sus ojos tristes me agarra firmemente con su mano sarmentosa. Es el día de la madre, el segundo domingo de mayo en Cuba, y esta fecha le subraya los recuerdos. Tuve un único hijo, me cuenta, y se me murió. Para mí no es un día feliz. Me da la mano, que yo acaricio mientras la escucho, una mano de piel translúcida, manchada por la edad, que se aferra a la mía transmitiéndome todo el afecto y la gratitud por haberme parado a saludarla.

Lázaro es un mulato de trenzas rastafaris y sonrisa perenne. Tiene 45 años y su vida y su arte se alimentan de la ilusión de los niños. Tiene un museo que ya no le cabe en casa, así que llena la calle de artefactos que dispone frente a su puerta en el barrio de Centro Habana, Soledad 159. Allí organiza talleres para los niños, frente a su puerta y en el cercano Parque Maceo. Todo lo construye con papel de periódico reciclado, hilos de colores y materiales diversos que busca en la basura. Proyecto Pioneril Granma, me dice que se llama su propuesta artística. Nos muestra fotografías, recortes de prensa, nos da un breve paseo por el interior de su modesta vivienda, abarrotada de cachivaches. En medio, no imagino cómo pudo llegar hasta aquí, un carrito de supermercado que le sirve para el acarreo callejero. La placa frontal tiene un logotipo característico y un letrero: Loro Parque, Puerto de la Cruz, Tenerife.

Jorge es peluquero-estilista. Charlamos con él en el vestíbulo del Hotel Sevilla. Nos escucha hablar y se arrima sonriente: esa energía que desprenden me ha hecho acercarme, dice. Nos presenta a su prometida, Liliana, y cuenta, emocionado y con la mirada brillante, como la fatal muerte de su mamá 3 meses atrás lo ha unido a su vecina, con la que va a casarse en breve. Mientras nos cuenta enamorado y dichoso la historia reciente de su vida saca un peine del bolsillo y, sin parar de hablar, repasa con ternura el peinado de su novia y le arregla el flequillo, como en un acto reflejo, antes de volver a guardarlo en el bolsillo de su guayabera.

Bárbara me llamo, pero me dicen Babi miamol. Ella es la mesera que me sirve el desayuno. Observa cómo me limpio las comisuras con el dorso de la mano y se disculpa sonriente por la ausencia de servilletas: ¡ojalá hubiesen señor! Esas cosas son normales acá. No es grave mi niña, descuida, le digo sonriente. Ay, cómo usted lo dice: a día de hoy, se cumple medio año que me operaron de cáncer de útero, y desde ese día aprendí que nada es importante, que la vida es un regalo: a tremendos trompazos aprende una, papito, se aleja diciendo muerta de la risa.

Juan Carlos, negro inmenso, nos guía por el Palacio que sirve a la Casa de Asturias. Equipado elegantemente, se mueve ufano con su uniforme plagado de detalles. Entre tantos, una pluma asoma por el bolsillo de su inmaculada camisa blanca. Hay barullo constante, movimiento de gente, bullicio y ajetreo. En más de una ocasión lo interpelan trabajadores: ¡déjame un momento la pluma compadre! Juan Carlos, muy serio replica: esto no pinta mihelmano, es parte del atuendo: da prestancia y gravedad.

Paladar Vista al Mar. Se va poniendo el sol tras un Caribe oleoso en este atardecer de mediados de mayo. Junto a nosotros una mesa está ocupada por sendas parejas mixtas. Ellos, franceses talluditos, cargados de orgullo vacuo, exhiben la compañía; ellas, cubanas jóvenes. Una de ellas, blanca, elegante y discreta, bebe Fanta de naranja y se muestra distante con su presumible pareja. La otra, negra imponente con traje rojo ajustado y tacones de vértigo, bebe vino tinto y se va animando. Tanto, que a media cena ya intercala la ingestión de las viandas con los morros del viejo gabacho. Dice de pronto: ¡ay papito, estoy tan llena que no me cabe ni la pinga del negro feliz!

CUBA

2012

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