Los laureles de Indias tienen algo de paquidermos prehistóricos, agarrados a la tierra renovada. El aire está mojado al amanecer y huele a flores podridas, a la humedad sedimentada que guardan las hojas caídas y dispersas. La brisa leve de la madrugada transporta ese aroma saturado, dulzón, y el soplo se cuela ligero por las rendijas saludando la mañana a los que se desperezan: despega el día y Santa Cruz se despierta con aromas de selva.

He sabido que a M le gusta mecerse en el columpio por las noches, la serenidad que encuentra y saborea le hace sentirse bien, revela algo distraída mientras muestra una sonrisa tímida, como la niña que admite una travesura íntima. Conozco a R, y sé que suele derrochar horas hipnóticas tratando de descifrar el parloteo de las cotorras, tan locuaces al atardecer. L y L son los hijos de N, quien se queja de que nunca paran, pero se quedan inmóviles y muy callados para escuchar sin interferencias el misterio de la música que el viento interpreta en el paseo de los bambús. Cada día J, jubilado feliz que sale a deambular curioso perdiéndose por la ciudad, reduce espontáneo el paso al cruzar el Parque, se refugia en sus sentidos e imagina que viaja. Tan lejos y tan cerca.

Antes del frescor que pulveriza la verdura, entre la explosión fragante o tras el color diseminado de las estaciones, se entretiene la vida. Los perfumes tropicales ocultan esos sonidos recurrentes, ecos latentes de otros ámbitos: porque a través de las gentes que lo cruzan puede apreciarse más claramente la textura de un lugar o, dicho de otro modo, el pulso de quienes lo habitan y pueden explicarlo.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 6 de octubre de 2013