Te parecerá cosa de la prehistoria, me dice, pero para mí es como si fuese ayer. Yo no me hubiese atrevido, tan torpe, tan tímido como era, sólo miraba y soñaba. Y fíjate, casi sin darnos cuenta lo fuimos construyendo todo. Y casi sin enterarnos, la vida fue pasando.

En este lugar la vi por primera vez, aquí veníamos cada tarde a mirarnos de lejos, a no mucho más podíamos aspirar. Siempre me gustó esta plaza, con sus esculturas de mármol y esos dibujos en el pavimento que nos servían para inventar juegos. Desde chico estuve seducido por estos parterres geométricos, los copones gigantes rebosantes de frutas, el sonido de la fuente, blanca y pulida. Ahora pienso que tuvo que ser aquí. Cómo desde el principio me encantó ella, a quién observaba siempre en la distancia, desde esa primera vez que la vi, saltando la soga con sus amigas, tan especial, tan luminosa entre las demás. Y así, muy poquito a poco, un saludo un día, una sonrisa tímida otro, nos fuimos arrimando. Hasta la mañana en que se acercó más, la postura dudosa, el rubor en la cara, se acercó y me dijo: me gustas tú.

Ya hace años que no está. Bueno, que no está en este mundo pero sí que está: sigue a mi lado, como cuando éramos tan jóvenes, con todo por descubrir. De modo que cada tarde vuelvo a esta plaza donde nos veíamos, y donde seguimos mirándonos toda la vida, y nos sentamos juntos a ver pasar la gente, a oler los jardines fragantes recién regados, a sentir en la cara el sol del atardecer. Y ella me va contando bajito sus cosas, y como sólo yo las oigo, nadie entiende mi mueca feliz mientras miro a los niños jugar o a las parejas que se cortejan. Mientras vamos acompañando el tiempo que nos queda, oliendo las flores, rodeados de color y con el sol de la tarde acariciándonos la cara.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 24 de noviembre de 2013