Como pinturas rupestres, las huellas grabadas en los márgenes del tiempo narran historias que penden como hebras deshiladas: son radicales libres bailando para seducir a los rastreadores. Tanto abundan en la ciudad apresurada, tantos reflejos de vidas sedimentadas para quien sabe encontrarlos, que la mirada inquieta se recrea curioseando en la superficie de la vida, se engolfa recomponiendo destinos que se leen en unos trazos ya antiguos. Y cada cual interpreta los signos, descifra el origen de las cicatrices, a partir de las preguntas propias. Sí, eso es, el descubrimiento de los rastros encontrados al azar conforma el territorio de las revelaciones: porque las certezas no existen, son espejismos que van construyendo a quien sospecha y sueña, y a veces descubre.

El pavimento ajedrezado se curte y se ensucia donde sucede lo que pesa. En un tugurio que ya no existe, mientras espera que se le enfríe el café, A se distrae leyendo y descifrando, fantaseando sobre pasiones escritas en la barra percudida. La gente tiene gusto por dejar literal constancia de su paso, de sus triunfos y afanes, como si la expresión pública de sus ardores pudiese hacer que perduraran para siempre. Las marcas ajadas de corazones y promesas y nombres combinados, sin embargo, los amores exaltados en la madera gastada, están posiblemente tan marchitos hoy como superficies solares cuarteadas por la intemperie.

Alguien le habla pero A no escucha. Así que, acaso por fortuna, no la oye cuando le habla de sus dudas, cuando se atreve a confesarle lo que sabe inconfesable. Una ráfaga de alisio pasa ligera para llevarse sus palabras. Ya lo he dicho, concluye aliviada sin advertir la mirada errante, el gesto que flota extraviado. Mientras la vida real danza a su alrededor, A permanece colgado imaginando a Yiyi, a Jorge, poniéndole rostro a su Carolina o sintiendo la música de las lenguas que no entiende y que, precisamente por eso, le dice tantas cosas.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 16 de marzo de 2014