Lo primero de todo es echar un vistazo. C acostumbra, al despertarse cada día, repetir ese pequeño gesto. Un ritual sencillo, humilde e íntimo. Dice que es la mejor manera que conoce de comenzar la fiesta. De modo que se levanta sin apenas dudar, confiando en que tras el vuelo de cortinas, el aire fresco y la luz que ya se insinúa, la saludarán como corresponde. Parece el mismo panorama de cada mañana pero ella sabe bien que nunca es igual, porque el tiempo no se detiene, todo es nuevo a cada instante; y porque, además, a C le gusta leer entre líneas, tiene esa provechosa capacidad. Así pues, pone un poco de música (http://youtu.be/t_KD9yKOOb0), se despereza como una gata feliz y, sin prisas, se asoma a la ventana.

Todo huele bien. Las nubes se han dispersado y el día despunta brillante, pleno de matices que destellan y de aromas reventando tras el aguacero. La alerta del temporal despobló los tendederos, alongados en la fachada plana y amarilla, así que los ve desnudos, impares en estas horas prematuras, tan solo barnizados por el sol plano que se está levantando tras los riscos de Anaga: justo a tiempo de teñir la ciudad que se despierta y, de paso, calentarle a M la piel y la mirada. Cómodamente apostada, mientras se le va dibujando una sonrisa solar, recuerda de pronto algo que leyó en algún sitio: se acuerda de que las cosas importantes no son cosas, que lo que nos mantiene y anima en realidad ni se toca ni se ve.

C imagina que la música del azar se escribe en pentagramas domésticos. Y se fija en que las liñas vacías, que ahora están solo punteadas por unas pocas trabas de madera, son notas aleatorias que aguardan el momento de combinarse en una pieza aún por escribirse. Todo llegará, está segura. En unas horas, las ropas ondearán bajo el sopor meridional dispuestas por criterios de urgencia o comodidad, los tejidos, formas y colores se entrecruzarán impelidos por razones de pura casualidad. Y el sonido resultante dependerá de quién esté escuchando. C opina que la suerte suele terminar dando juego a las curiosas, así que, antes de partir hacia el campo de batalla, luminosa y fragante, cuelga una toalla perfumada en la línea de sol.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 2 de febrero de 2014