Cierta mañana, M sale de casa decidida a encontrar lo que busca. Tiene muy claro dónde ir, conoce bien el modelo y el color, la textura y el acabado, todas y cada una de las prestaciones. Ve con nitidez la imagen en su mente, no debe ser ni siquiera parecido: sabe lo que quiere y va a buscarlo.

De modo que baja por la calle del Castillo, saboreando su compra por anticipado, y al llegar al lugar en cuestión se lanza sobre el género con la tranqulidad de quien es dueña de una certeza precisa. Sin embargo, valga la paradoja, basta un exceso de atención para pasar de largo de modo que, como es natural, no encuentra lo que fue a buscar. Han sido tantas las ocasiones en las que se cruzó, desenfadada y sin especial interés, con lo que le gustaba, que ahora, que al fin resuelve ir a por ello, no da con lo que desea. Regresa pues, consolándose con el aforismo oriental que alerta sobre los apetitos y la posible desdicha de saciarlos, el vacío que surge tras alcanzar la meta. Cuidado con lo que deseas, se va diciendo por el camino.

Es entonces cuando M lo entiende todo: no existe peor manera de encontrar que ponerse a buscar. Las expectativas suelen contaminarlo todo, los mejores hallazgos son impredecibles. Basta con dejarse llevar, decide, sonreir y regalar, desprenderse y compartir. Vuelve a casa, en fin, plenamente convencida, resuelta a no buscar, a no tomarse demasiado en serio; en suma, dispuesta al juego de abandonarse con ligereza a observar lo que le guste. Así de simple. Así de tentador. Y aplicándose a esta sencilla tarea, mientras se regodea con el sonido suculento de la vida alrededor, la policromía de los movimientos que bailan para ella, sin estar atenta ni fijar la mirada, justo en el momento en que comienza a olvidarse de todo, lo ve, esperándola en un escaparate. Pasa de largo, claro: ahora tiene mejores asuntos con los que entretenerse.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 22 de diciembre de 2013