Observados desde el interior, los gruesos muros tienen sección de zigurat y en las esquinas los planos se desplegan como hojas de un abanico solapándose al girar. El sol del mediodía subraya la geometría escultórica del estanque, y su presencia rotunda ofrece una lección, no por elemental menos relevante: encaja en el paisaje con la misma naturalidad con la que se sirve de un enclave estratégico. Del mismo modo, uno hace un ejercicio de candidez y tiende a pensar que desde un principio la gente se asentó en los lugares más apreciados, que las diferentes geografías fueron colonizándose a partir de sus bondades; que se descartaron, por elemental sentido común, las vertientes más castigadas por los vientos dominantes o se apreciaron las mejor soleadas; que se favorecieron los enclaves dotados de mejores vistas al tiempo que se evitaban márgenes indefinidos, laderas inestables, suelos heterogéneos. Uno quiere creer, en fin, que los distintos asentamientos humanos no cayeron allí por casualidad sino que más bien fueron situándose por imperativa selección natural. Sim embargo, cabe sospechar que los criterios se contaminan demasiado a menudo por la desidia o por la voracidad depredadora que nos adorna, vista la manera en que se ha urbanizado este territorio al que llaman afortunado. Y así, llama la atención, pongamos por caso, el volumen y la orientación de la fachada marítima de Santa Cruz, que goza de ideales dimensiones para sustraer el sol a los toscaleros y el panorama a gran parte de sus vecinos. O, sin irnos demasiado lejos, la forma en que nuestro litoral ha sido privatizado casi en su totalidad, y que ha conseguido, en un absurdo ejercicio de autismo urbano, ofrecer la espalda al océano. O, en fin, el despropósito supino de haber despreciado históricamente la potencia del barranco de Santos, obviando su riqueza paisajística y cultural, sin curiosidad ni interés por aprovechar las huellas del tradicional aprovechamiento agrícola, desatendiendo al mismo tiempo la memoria del lugar y la potencia plástica de estanques o muros abancalados, rastros cuya identidad y arraigo aseguran un lugar y una convivencia con denominación de origen.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el