Gaia y Josefina se duermen en la arena al salir del mar helado que este invierno pertinaz baña la isla. El sol ha aparecido, felizmente, y su efecto balsámico las acaricia y las premia, un regalo justo que equilibra las prisas, atenuando dulcemente urgencias y gravedades. Las menudas cholitas, la pala y el rastrillo, un molde para hacer bolas de arena, los útiles playeros descansan aburridos junto a ellas: las niñas han extendido el pareo y se tienden y se entienden bajo el sol meridional.

La mañana, como siempre ocurre desde que comparten tiempo y miradas, ha sido exigente. El día para ellas comienza muy temprano, y Jose suele apurar, plena de energía y buen talante, los rutinarios menesteres domésticos. Se le da muy bien organizar sus tareas para poder disfrutar, acaso una horita, de la reparadora comunión oceánica. Suele ser propio de su sexo, y aunque jura risueña que no sabría explicar cómo lo hace, le sobra capacidad para organizarse. Y esa carácterística común, ese don natural, es una pandemia universal que suele dotarlas de una energía atávica, de una cualidad cercana que ella despliega con una vitalidad discreta, la llave maestra que le permite abrir el tiempo y extenderlo. Ellas son así.

Tras el baño, el agua salada relaja los músculos y apetece un sesteo. Se acercan, encajan como en un puzle, se cuentan cosas bajito, oigo el susurro mientras las miro abandonarse a los placeres sencillos. No hace mucho tiempo que se conocen, apenas un par de años, pero es más que suficiente: son cómplices, parte de la misma esencia: la vida pujante que sonríe. Yo soy el invitado que las mira y se derrite. En algún momento alcanzo a escuchar una música familar que nos mece, redondeando el instante (http://www.youtube.com/watch?v=MYcZ6s3z1jg). Mientras, el tiempo avanza mansamente y disparo.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 2 de marzo de 2014