Un joven pasea por -pongamos- el Castillo de San José en Arrecife y descubre, inconscientemente, diseño inspirado en la escuela nórdica, mobiliario de la Bauhaus, una barra milagrosamente bien pensada, lámparas pop. Y reconoce un espacio continuo, un fluido blanco que refleja la luz y percibe, aunque aún no lo sabe, que existe una visión de conjunto al tiempo que un placer por el detalle.

Y resulta que unos meses después comienza ilusionado su carrera de arquitectura en la Escuela de Las Palmas. Es un alma sensible, observadora, tan consciente de su ignorancia como ansiosa por aprender y, como nos ha pasado a todos, sufre en las correcciones de sus primeros proyectos. El profesor es inflexible y este estudiante no lo ve como a su maestro. Siente que lo espera para ridiculizarlo, pretende dejarlo en evidencia ante sus compañeros, realzar la consustancial inseguridad que lo paraliza ante sus primeras propuestas. Se siente acorralado, aún no conoce los mecanismos necesarios para vender sus ideas y ¿qué iba a hacer?, en un último intento por agradar, echa mano de una de las pocas referencias de que dispone, comete el tierno error de aludir a Manrique. El profesor esboza una sonrisa levemente irónica y, dejando asomar un colmillo, responde: “Ese señor no es ARQUITECTO”.

¿Y?, hubiese querido contestar.

Sobre la cromática geometría de las Salinas de Janubio, frente a los campos tatuados con gajos de picón de La Geria, junto a bancales de piedra seca bajo antiguos molinos de viento o en las construcciones tradicionales, podemos sentir la esencia de lo que está bien hecho. Allí hay verdadero respeto por el lugar, conocimiento del clima y sensibilidad; pero también hay oficio en las soluciones constructivas, sabiduría ancestral, capacidad para resolver problemas complejos con sencillez. En resumidas cuentas, allí hay arquitectura.

César Manrique lo sabía. O lo supo después. Y mientras, trató de estudiar para aparejador en Tenerife, lo olvidó tras un par de años y marchó a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde se licenció para exponer en media Europa y aún vivir dos años en Nueva York. Y llegó hasta Manhattan para añorar los callejones pedregosos de La Caleta de Famara, donde creció, para imaginar e interpretar a los riscos, al mar y a su luz. Para aprender y comprender. Para pensar y soñar Lanzarote.

César Manrique lo sabía. Y su pasión de renacentista lo llevó a pelear en muchos frentes. Hace ya más de quince años que proclamaba la necesidad de una moratoria en su manifiesto “Momento de parar” con un discurso tan humilde como inapelable, tan sencillo como necesario. Incansable, su voz sonaba en aquella época como un grito en el desierto y su  testarudez de visionario caló en la conciencia colectiva dejando una impronta imprescindible.

César Manrique lo sabía, y sus espontáneas propuestas insertadas con sutil elegancia en las formaciones volcánicas son arquitecturas de mínimo impacto y ejemplar adaptación, intervenciones que acompañan al lugar y no lo pisan.

Sí, no me cabe duda, César Manrique debía saberlo. Y debía imaginar que cada vez nos acercaríamos más al completo mestizaje, a la fusión entre las diferentes disciplinas: nunca como hoy se han mezclado más claramente, se han diluido más confusos los límites. En los proyectos de arquitectura aparecen ingenieros agrícolas, historiadores, paisajistas, sociólogos, artistas plásticos, fotógrafos. Encontramos arquitectas diseñadoras de ropa, escritores que hacen cine, futbolistas que cantan, actores que pintan, todos somos aprendices de todos.

Mas acá de las formas siempre están las ideas: lo que no se toca, lo que no se ve, lo que sólo, y aun sin saberlo reconocer, se siente. Y no se precisa carnet. Si acaso, resultaría muy útil la voluntad de mirar un poco más cerca, de aspirar a sentir el pulso del lugar, de fijarnos en los rastros tradicionales y estar atentos a los más recientes. Y no desconfiar de la intuición, haciéndonos continuas preguntas: ése es el juego.

Javier Pérez-Alcalde

Artículo publicado por primera vez en el diario La Opinión de Tenerife el 26 de septiembre de 2002, con motivo de los 10 años de la muerte de César Manrique.